Horizonte de liberalismo (1930)

El pensamiento político de Zambrano se expresa abiertamente, en primer lugar, en la obra Horizonte de Liberalismo, escrito cuando España barruntaba el fin de la Restauración y el inicio de un tiempo nuevo. Ella misma se sitúa, pues, en el mundo liberal.

En 1930 dedicó todo un ensayo a la encrucijada en la que se encontraba el liberalismo y propuso una reformulación del modelo, que vindicara lo mejor de su tradición (la autonomía y la capacidad de autodeterminación del sujeto) pero a la vez superara sus elementos más restrictivos y, sobre todo, se abriera a una política social y económica que permitiera el empoderamiento de las clases populares.

Zambrano inicia su obra mostrando su rechazo a dos polos que considera infecundos: las fuerzas conservadoras y las fuerzas revolucionarias. Ambas son poco eficaces para el progreso humano. Las primeras, porque por miedo o intereses, fosilizan la historia, convierten en inmutable el presente y consideran que cualquier cambio es sólo una degradación o una caída.

Pero tampoco los revolucionarios contribuyen al desarrollo humano, porque en su delirio (como define la revolución) abren la puerta a la destrucción y a la violencia, y de allí nunca ha salido un salto verdaderamente humano de la vida personal y social. Subordinan el presente y el futuro a un ideal racional de perfección, en aras del cual sacrifican a las personas y pisotean su dignidad. Este será un punto importante para Zambrano, como lo ha sido para Popper: no se puede sacrificar los derechos y libertades individuales por un supuesto bien común mayor, porque entonces se destruyen los pilares de la convivencia y se abren las puertas del infierno.

Zambrano aborda después qué es el liberalismo. Para la autora andaluza el liberalismo es, en síntesis, un gran proyecto de autonomía y autodeterminación del ser humano a través de su razón. A partir del Renacimiento y de la Reforma protestante, se sustituye progresivamente la confianza en la acción de Dios por la confianza en las propias fuerzas y la propia razón. El liberalismo queda definido, pues, como ese empeño por construir la propia vida y la vida de la comunidad de forma autónoma, sin depender de nadie más que de uno mismo.

La filósofa celebra este empuje de la libertad, esa defensa de lo humano y su autonomía. Pero a la vez advierte de que al poner tanto acento en la razón instrumental, en la razón científica y analítica, se pueden estar cortando unas amarras y unos vínculos que también son profundamente humanos: los vínculos con lo sobre-humano (Dios, la fe, el amor como principio de actuación) o  también con lo infra-humano que no deja de constituirnos (los sentimientos, las intuiciones, el subconsciente). Por eso defiende una actitud liberal que, sin renunciar al espacio de libertad, se reencuentre con esas fuentes de sentido más allá de la razón instrumental.

Finalmente, Zambrano plantea el dilema del liberalismo en su contexto presente y es aquí dónde muestra su cercanía con algunos planteamientos socialdemócratas. El liberalismo debe tomar una decisión. Ha de optar entre su núcleo de valores o su núcleo económico. El liberalismo fue siempre defensa de la dignidad y la autonomía del hombre, con la capacidad de definir un proyecto de vida autónomo. Pero ha llegado un momento en la historia en que esto no es posible para las clases inferiores, que viven sometidas por la estructura económica del capitalismo y el libre mercado. Hay que optar: o el liberalismo humanista del empoderamiento de la persona o el liberalismo económico. Zambrano piensa que vale la pena apostar por una economía más social, con mayor control estatal, precisamente para dar a todas las personas la posibilidad de vivir esta vida de libertad y autonomía.

Persona y democracia (1958)

Sin embargo, el pensamiento político de Zambrano va tomando nuevas sendas con el paso de los años. Cada vez a Zambrano le preocupan menos las situaciones concretas de la historia y se ocupa más de lo que hay al fondo de las encrucijadas de la democracia. En 1958 publica Persona y Democracia, donde presenta una aproximación personalista y ética del sistema democrático. Una aproximación que se escapa a cualquier intento de categorización ideológica. Efectivamente, Zambrano nunca se casa con nadie políticamente.

Se trata de un enfoque que avanza muchos de los temas que aparecerán en el debate político de final del siglo XX e inicio del siglo XXI. De algún modo, Zambrano realiza un cierto giro conservador. Para ella la democracia tiene dos ejes: por un lado, democracia es el logro de la harmonía, es decir, de la unidad en la diversidad; por otro, la democracia requiere un profundo salto ético de las personas que la componen. No hay democracia sin personas conscientes y guiadas por un fuerte compromiso ético. Precisamente sólo desde una clara raigambre ética es posible lograr la harmonía social, que requiere tratar con cuidado y con respeto al otro.

Por eso, Zambrano se refiere cada vez más a la idea de cuidado y cautela. Insiste en que las realidades son frágiles. Los sistemas humanos, sociales y ambientales son frágiles, pueden romperse enseguida si se les somete a excesiva presión humana. Y una vez quebrados, estos ecosistemas personales, culturales o biológicos no se pueden reconstruir. Quedan perdidos para siempre. Por eso hay que actuar con cautela, por eso hay que evitar los estallidos revolucionarios que conducen a la violencia y a la pérdida de todos los legados.

Eso vale para las demás personas, para las culturas y las naciones. Y vale también para el cosmos y la naturaleza. Zambrano es una especie de ecologista avant la letre. Hay que poner fin, asevera Zambrano, a esa tradición occidental de considerar la naturaleza como un mero recurso. La autora invita a ser humildes huéspedes del mundo y a tratar toda la realidad con piedad.

Piedad es reverencia, es respeto sagrado. Es, al fin y al cabo, saber tratar adecuadamente con lo que no somos nosotros. Piedad es ese sentir originario que nos conecta con lo otro, con los demás, desde nuestra intimidad más profunda. Es un sentido de reverencia ante el mundo y los otros: “Es la patria y la prehistoria de todos los demás sentimientos positivos: no es la filantropía ni la compasión, es saber tratar con lo diferente, con lo que no se parezca a nosotros”. Es mucho más que tolerancia, que es una especie de distancia con lo que no se sabe tratar. La piedad es la clave para una sociedad justa.

Para Zambrano, las democracias deben ser profundamentamente reformadas. Ello implica que no podemos seguir viviendo como personajes del sistema, sino como personas, es decir, seres humanos conscientes y abiertos a los demás, comunitarios y relacionales.

Sobre todo, como decíamos antes, debemos alejarnos completamente de un sentido sacrificial de la historia, donde el individuo es un engranaje de un gran proyecto colectivo y de los ídolos modernos. Aquí Zambrano es muy dura: pensábamos que habíamos matado a Dios, pero no lo habíamos matado, sólo lo habíamos sustituido por nuevos ídolos. Seguimos adorando, pero ahora no somos conscientes, y además sacrificamos a ellos lo más valioso de nuestra personalidad (todo queda sacrificado a la tecnología, a la innovación). Seguimos viviendo en una historia sacrificial. También las democracias están marcadas por el sacrificio de la persona a grandes principios económicos, políticos, nacionales, etc.

Así pues Zambrano propone una reforma humanista de las democracias, a través de una actitud de piedad ante los demás y ante el mundo. Para ello es necesario redescubrir el lenguaje y la razón poética, que nos haga redescubrir de nuevo la maravilla del ser que nos abre en cada momento.

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