«El Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros». Este breve pasaje del Evangelio de Juan relata el meollo de aquello que los creyentes celebramos en Navidad. El Dios todopoderoso, origen y fuente de todo el universo, se hizo historia, se hizo hombre, y así se abrió para siempre la esperanza para el hombre y para la historia.

Pero no quiero proponer aquí una reflexión teológica. Sólo me gustaría detenerme en un hecho que me parece que tiene un llamativo valor antropológico y social, tanto para creyentes como para no creyentes. Un acontecimiento tan extraordinario como el Nacimiento de Cristo no se narra en los textos sagrados en un clima triunfal de trompetas y manifestaciones extraordinarias. Esta Hierofanía se produce y se narra, en cambio, en el marco de una noche silenciosa, en el contexto de una oscuridad y una invisibilidad casi total para los poderes del mundo.

Es un curioso modo divino de proceder, envuelto en un silencio tan estruendoso. No habla el Verbo eterno. No habla tampoco José. No habla María. Del mismo modo que Elías no lograba encontrar a Dios ni en el viento, ni en el terremoto ni en el fuego, y lo halló finalmente en la brisa suave (1 Reyes, 19), los pastores y los magos le encontrarán ahora en el silencio de un establo.

Y eso contrasta, escandalosamente, con nuestra civilización y nuestra vida, llena de ruidos de todo tipo: palabras sin límite de los dirigentes, incapaces de pasar un día sin difundir sus mensajes; palabras infinitas en las redes sociales, habitualmente acusatorias; consejos permanentes de conocidos, saludados y desconocidos; habladurías y críticas furibundas, de unos y otros, sobre todos y sobre todo. Y frente a eso, el silencio del Verbo.

Me planteaba, entonces, si estos textos no tendrían para todos también un valor paradigmático. Si nuestra vida y nuestro mundo no sería mucho mejor si aprendiéramos a callar, si nos iniciáramos en el arte del silencio amable. Es posible que en oriente estén más acostumbrados a las situaciones de silencio, mientras en los países mediterráneos se interpreta como una desconsideración. Pero nunca es tarde para aprender la orfebrería del buen silencio.

Porque callar es dejar libertad al otro para desplegarse sin nuestra interferencia innecesaria. Callar es dejar que la realidad se nos manifieste tal como es. Callar es el prólogo de todo trabajo profundo y creativo. Callar es una forma de presencia y cuidado, que deja tiempo al otro para expresarse, y a nosotros para pensar y articular nuestras ideas sin la ansidad de la prisa. Callar es aquilatar las experiencias de la vida en el corazón, para que maduren y den su fruto justo. Callar es acrisolar la palabra viva que luego hará más valioso el mundo. Callar es salvar el matrimonio, o la amistad, o la comunidad. Callar y contemplar es el preámbulo de toda lírica. Callar es empezar a escuchar el gran silencio de Dios.

La experiencia es palmaria: ¡Cuántos problemas personales, sociales, comunitarios o políticos se hubieran evitado con un silencio oportuno, aunque quizá heroico, sin pronunciar aquellas palabras que no debieron ser dichas y luego han ejercido su veneno durante años! Callar, pues, para hablar después en verdad y calidez. Hablar cuando se debe. Hablar palabras que iluminen, que alegren, que resuelvan, que atajen o protesten si cabe. Pero que broten de los ecos profundos del silencio contemplativo.

[Durante 2025 he podido leer o releer algunos libros que me han acercado a estas ideas y que aprovecho esta ocasión para compartir. Primero,
La fuerza del silencio, una extraordinaria e iluminadora conversación con el cardenal Sarah sobre la relación entre silencio, intimidad con Dios y acogida del otro; segundo, La política del cuidado, una magistral reflexión de la filósofa italiana Luigina Mortari sobre las dinámicas del cuidado en nuestra vida personal y comunitaria; tercero, La escuela del alma, bellísima y profunda reflexión del profesor Josep Maria Esquirol; finalmente, Una ética para nuestro tiempo, del maestro Romano Guardini, que en diversas ocasiones aborda la temática del silencio y el espacio necesario para el despliegue del ser propio y del otro.


Queridos amigos, feliz año 2026]


2 respuestas a «Silencio y Navidad»

  1. Avatar de Enrique Sánchez Costa
    Enrique Sánchez Costa

    Precioso texto, Fernan. Para paladearlo en silencio. Un abrazo.

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  2. Avatar de Miriam Muley Vilamu
    Miriam Muley Vilamu

    Maravilloso.

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