
Desde hace algunos años se percibe una creciente admiración en ambientes técnicos e intelectuales europeos por los éxitos económicos e industriales que está logrando China frente al letargo y la parálisis que experimentamos en nuestras democracias occidentales.
China tiene, sin duda, el gravísimo déficit de ser un país donde se violan derechos fundamentales de forma flagrante. Pero ello no es óbice para reconocer algunas ventajas competitivas y, sobre todo, para hacer un examen crítico de algunos de los motivos que están llevando a un desencanto de nuestros jóvenes con nuestro modelo institucional. En este artículo querría señalar tres fallas en nuestra cultura política. Son tres apuntes que pueden servir para reflexionar sobre cómo mejorar nuestra dinámica política en Cataluña y el conjunto de España:
- Inflación normativa y parlamentaria: Cuando uno se acerca a las prácticas políticas y parlamentarias autonómicas y nacionales, lo primero que llama la atención es la sobreabundancia de textos, propuestas, mociones, resoluciones, comparecencias, etc.. Muchas de ellas están constituídas por páginas y páginas de texto, que deberían ser mandato político, pero muchas veces se convierten en retórica ineficaz. A pesar de aprobarse, quedan como un desidarátum de buenas intenciones. El problema reside, precisamente, en la absoluta inflación de textos, declaraciones y propuestas, que las convierten en papel mojado. Sería importante limitar las propuestas y actividades parlamentarias(hasta limitar los periodos de sesiones). Sólo donde hay límite puede haber valor y rigor. Pocas propuestas, pero de obligado cumplimiento. Pocos mandatos, pero con fiscalización puntual. Para eso sería conveniente, también, devolver al poder legislativo su centralidad y su dirección en la vida política, acabando con la subordinación en la que ha ido cayendo con respecto al poder ejecutivo.
- Tiranía del marketing y la comunicación política: La política -que en el ideal clásico e ilustrado debería ser deliberación racional en búsqueda de la convivencia y el bien común- se ha convertido sencillamente en un plató de propaganda enlatada para las redes sociales, donde no se produce ninguna escucha de los otros representantes políticos y donde las propias instituciones son meros atrezzos para elaborar mensajes publicitarios para la propia parroquia de seguidores. Más que estudiar los temas, buena parte del tiempo se dedica a pensar ingeniosas fórmulas de ganarse la aprobación de un público del que hay que lograr un minuto de atención en el flujo de su scroll infinito. La comunicación política es buena y necesaria, pero cuando se convierte en la primera preocupación, se produce una inversión del los términos que acaba dañando la misma democracia.
3. Primacía del enfrentamiento partidista sobre el interés nacional. El régimen constitucional del 78 quiso blindar unos partidos políticos estables para evitar la inestabilidad permanente que había caracterizado los tiempos de la Segunda República. Pero, una vez más, lo necesario y bueno puede carcomerse y ser fuente de problemas cuando se convierte en valor absoluto. Los partidos son instrumentos al servicio del bien común y la patria y no la nación y la democracia un instrumento al servicio de los partidos. En este sentido sería conveniente también un esfuerzo de apertura de los partidos políticos a la sociedad civil, una deliberación interna más sosegada y una recuperación de la conciencia de su valor institucional a medio y largo plazo, más allá de las cuitas de la actualidad.




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