Ha pasado un mes y medio. El rugir de la vida va apagando los ecos. Pero todavía, de vez en cuando, vuelven a nuestra memoria las imágenes, las palabras y las emociones de aquellos días inolvidables en los que León XIV recorrió las calles y plazas de España. Vuelve, particularmente, aquel espectáculo magnífico que cerró la consagración de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Aquella extraordinaria síntesis de tradición y modernidad que nos devolvió, también, el sano orgullo que habíamos perdido como catalanes.

De esas jornadas pueden sacarse muchas conclusiones. Pero me gustaría fijarme ahora en un aspecto en apariencia secundario, pero que tiene relación directa con el desasosiego que zarandea nuestras democracias y nuestras vidas. La ceremonia sublime en la Sagrada Familia fue un evidente acto de culto a Dios, pero fue también una ceremonia de alabanza al trabajo a largo plazo. A todos se nos puso la piel de gallina cuando vimos aparecer, en el cielo de Barcelona, el rostro de Gaudí, que contemplaba la obra que había dejado sólo comenzaba, sabiendo que nunca la vería terminada. Esa reivindicación del tiempo largo, del empeño en proyectos que uno no verá terminados o de los que no podrá sacar rédito, fue un acto revolucionario, casi profético, en nuestro tiempo de la inmediatez.

“Mi cliente no tiene prisa”, decía Gaudí. “El gran paciente es Dios”, explica Romano Guardini en un hermoso texto sobre el valor de la paciencia como condición necesaria para el éxito de cualquier proyecto valioso y sólidamente arraigado. Así, en la gran paciencia de la civilización, en el tiempo largo, en una artesanía colectiva que trascendía las generaciones, se hicieron las grandes catedrales de Europa. Algunas, como las de Colonia o Milán, se alargaron durante más de seis siglos. Pero hoy seis minutos ya nos parecen, evidentemente, demasiado. Una duración eterna e insoportable para una canción, un vídeo, una conferencia o un debate parlamentario.

Precisamente, la crítica de la patología de la inmediatez y la defensa del “pensamiento catedral” es uno de los ejes principales del libro El buen antepasado: cómo pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista, uno de los libros que más me ha sugerido estos últimos años. En él, el filósofo australiano denuncia la cultura de la inmediatez política, consumista, empresarial o personal –que muchas veces se ejecuta a costa de los derechos e intereses de las generaciones futuras– y, propone, en cambio, actuar personal y socialmente con “mentalidad de legado”, pensando en varias generaciones.

El “pensamiento catedral” nos lleva a emprender proyectos valiosos cuyos frutos no podremos disfrutar directamente en nuestro tiempo vital, o en nuestro ciclo electoral o de resultados empresariales, pero sin embargo sembrarán prosperidad para las generaciones del futuro. Esta mentalidad invita, por ejemplo, a evaluar nuestras decisiones políticas no solo desde el presente, sino también teniendo en cuenta los efectos que supondrán para nuestros nietos. El autor pone diversos ejemplos de cómo algunos países y sociedades están procurando implementar esta mirada en sus políticas públicas. Ciertamente, uno de los principales retos que tienen nuestras democracias es que los breves ciclos electorales y la lucha partidista devore el horizonte de medio y largo plazo, empujando a la población a admirar a regímenes dictatoriales(como el chino) donde se puede planificar a dos décadas vista.

Al fin y al cabo, el trabajo para el largo plazo guarda mucha relación con el trabajo profundo que están proponiendo otros autores como Cal Newport y nos lleva a implicarnos con concentración y excelencia en la tarea, sin esperar resultados y gratificaciones inmediatas. Ese trabajo bien hecho, entendido como servicio y realización de sentido y belleza más allá de la construcción del yo, nos acaba llenando de plenitud y felicidad. De hecho, ese trabajo profundo con vista en el horizonte encarna aquel texto inolvidable de Joan Maragall, que da mucho que pensar: “Esfuérzate en tu quehacer como si de cada detalle que piensas, de cada palabra que dices, de cada pieza que colocas, de cada martillazo que das, dependiese la salvación de la humanidad. Porque depende, créeme».

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